
Hal Bregg regresa del espacio profundo tras una misión estelar que le mantiene, a él y a su equipo, más allá de la galaxia durante diez años. En virtud de la contracción del tiempo einsteniana, a su regreso han pasado ciento veintisiete años terrestres y todo ha cambiado. Las variaciones que la especie humana ha ejercido sobre sí misma, sus sociedades y su modo de vida, convierten a Bregg, con sus utopías y contradicciones de principios de siglo, en un anacronismo viviente, en otra lectura del "buen salvaje" que entreteje sus pensamientos con teorías y axiomas extinguidos mientras aprende, de nuevo, a preguntar en una tienda, desplazarse por la estación e incluso valerse en el cuarto de baño.
El libro era Retorno de las estrellas, y su autor el desaparecido Stanislaw Lem. No pretendo desvelaros el final, aunque sí traer a colación el aspecto más impactante -por la sencillez lúcida de su reflexión- de ese mundo imaginario, que pintaba tan feliz como el de Huxley al sustentarlo el autor de Solaris en la renuncia de la humanidad a lo que nos hace humanos.
Y es que la única concesión que Bregg terminaba haciendo a esta nueva Tierra, después de descubrir que los bebés eran tratados médicamente para eliminar sus impulsos violentos, o que la civilización del adulterio era posible con contratos anuales de vida en común (viva la ciencia ficción), era la de la imposición legal por el Estado de superar unos estudios para traer hijos al mundo. "Al principio me pareció inaudito", reflexionaba Bregg, aunque después terminaba admitiendo que la paradoja la teníamos aquí, en nuestro tiempo, ya que hoy no puede tomarse la mínima medida administrativa o despachar medicamentos sin años de formación, mientras que lo único que dejamos a la casualidad o la concupiscencia del momento es, precisamente, la procreación de hijos y el desarrollo de su mente.
Habría que ser muy necio para malinterpretar tan magnífica lectura especulativa, este aviso a navegantes de la vida. Lem nos animaba a preparar desde ya el mundo futuro, a capturar las estrellas de la evolución desde aquí abajo, para no tener tal vez que ir a buscarlas fuera. En fin, los que somos padres nos entendemos, ¿verdad?