
Se trata, como ven, de Listán y Hule. Historias de guachinches, que el veterano periodista Francisco Belín me ahorra describir gracias a una entrada en su exquisito Comer bien, blog dedicado a la gastronomía, y que se compone, en concreto, de doce cuentos inspirados en estos conocidos establecimientos isleños. A ellos se suma el prólogo del periodista Juan Cruz, las ilustraciones de Sergio Fernández-Montañes y la presentación a cargo del restaurador Abraham Barroso.
Debo decir que no fui demasiado borracho a dicha presentación, y a fe que me habría arrepentido de hacerlo, porque el acto, que logró llenar hasta los topes el salón del Liceo de Taoro orotavense (cosa nada fácil cuando se trata de libros, por cierto) se desarrolló envuelto en un sentido del humor bastante cercano al mío, esto es, en las antípodas de la pedantería que suele envolver este tipo de saraos. Una actriz de falda y tanga bastante aventureros contó un cuento al principio; luego se habló de cada relato de forma supuestamente improvisada, con dardos al estomagante Chago Melián que hicieron las delicias del público, no así del alcalde y sus acólitos, quizá, aunque quién sabe. Después, un dúo de cuerda nos puso la carne de gallina a más de uno. Y, al final, se sirvió un ágape con productos de la tierra y mucho vino, que todo el mundo degustó como si no hubiera mañana.
Con todo, la verdadera protagonista, digo yo, del asunto, fue la solidaridad mostrada precisamente por ese público, que no agotó sólo las viandas sino también los cerca de 200 ejemplares disponibles para esta puesta de largo, y de cuyos beneficios, insisto, no verán los autores un duro por cuanto todo se destinará a Aspronte (Asociación Familiar Pro Discapacitados Intelectuales de Tenerife). Si lo quieren, pueden encontrarlo en las principales librerías de Santa Cruz (La Isla, Foro Literario, El Paso, Unicornio...), La Laguna (Lemus, Universidad, El Águila, Vera....), La Orotava y Puerto de la Cruz. Algunas de ellas, buena señal, tienen hasta lista de espera, según noticias de última hora.
David, chato, cuando me acerqué a que me firmaras el libro con mi traje sin planchar y mi estudiada barba de tres días no era a ti a quien quería impresionar, sino a la chica del abrigo azul que esperaba en la cola a tu izquierda. Lo digo por la cara de "no cambiarás nunca" que pusiste cuando levantaste la mirada y me descubriste con tan innoble pinta, coronada, ahora que me acuerdo, con las gafas de sol nocturnas que suelo calzarme cuando me quedo sin colirio. Qué te voy a decir yo, si jugamos en ligas distintas. Tú estás casado y tenías la mano entumecida de firmar libros, según me dijiste porque era tu primera vez. Yo simplemente fui a relajarme, disfrutar, y sobre todo a ver si podía colarle a aquella moza que te inspiraste en mí para escribir esa Despedida y cierre tuya que, por otro lado, parece hecha a mi medida. Que te cuente si logré o no mi objetivo queda automáticamente supeditado a que me des permiso para publicar aquí tu relato. Y yo no me tomaría a la ligera la honesta petición de un narcisista.