
Eh,tíos, es martes, es de noche y yo estoy un poco pedo como exige mi actual situación de paro técnico, así que hoy pienso brindaros una perita en dulce. ¿Adivináis de qué va? Se ha hablado aquí (no demasiado, y menos aún como se merece) de cierto diario adscrito al poder inmerso en una zozobra soberanista que, cuando menos, ha multiplicado últimamente por dos en sus redactores el sentimiento de esquizofrenia profesional que padecían desde hace años. Bien, vaya por delante que, al contrario que otros que se quejan,
yo siempre escribí lo que quise en esas páginas. Es verdad que a veces tenía que disfrazarlo un poco, cambiando de registro, cuando no eran las circunstancias personales del dueño del medio las que convertían mi columna en objeto de loa o de escrutinio. En honor a la verdad, debo decir que
jamás me sentí directamente agredido en mis tareas creativas salvo una vez, la única en que recibí un varapalo censor directamente "desde arriba", precisamente en el momento en que el periódico abandonó su línea de nacionalismo "amable" para abogar directamente por la independencia de Baleares. Sirva la publicación del artículo en mi espacio, no como venganza, sino como ejercicio de la libertad expresiva que, quizá en ejercicio de otra libertad privada, la empresarial, se me arrebató en su momento,con o sin razón. Va por ustedes:
Pasan los años como chivos por el monte (a trompicones y saltos, pero ineluctables), y descubro que los nacionalistas me rejuvenecen. Sí, los nacionalistas, esos señores de ombligo comunal, patilla rectilínea y verbenero tupé (en el caso de los que mandan mucho), y fragmentados y ultraperiféricos en cualquier caso. Sentir dentro el éxtasis nacionalista no es demasiado difícil porque no exige estudiar, ni siquiera recurrir a la razón, y a la larga esa es precisamente su condena. Basta con sesgar chapuceramente el cariz interesado de patria y religión, lindar con egoísmo un terruño en el que la ley venga a ser más bien una pauta entre "buenas personas", como gustan de llamarse entre ellos en las tribunas públicas, y, sobre todo, inventarse un enemigo que sostenga lo anterior, de otro modo insostenible. En nuestro triste caso, el eje del mal que buena parte del nacionalismo patrio no ha visitado jamás,porque no le hace falta, es Madrid (del árabe "Mad" -muchos- y "Rid" -semáforos- como una vez definió etimológicamente el gran Antonio Fraguas).
Madrid es ese rompeolas de negra leyenda, con imán para las bombas y las cacas de vaca (cuando les da por protestar a los ganaderos),donde la alcaldesita y el presidente de aquí
se plantaron una vez para
exigir esto y aquello. Tan manipuladores términos salieron de la boca de un locutor en un informativo de la que mis amigos (ninguno periodista, por suerte) denominaban entonces
Telepaleto sin que se haya hallado aún motivo alguno para acallar el chiste. Aquel día, yo me los imaginé a los dos en Madrid, cogiendo número como todo el mundo y preguntando en un pasillo atestado por la ventanilla de reclamaciones, y fue la primera vez que las artimañas de su partido dejaron de parecerme oscuros secretos de cortijo y me rejuvenecieron el cutis. Que me meé de risa, vamos.
Según esta falsa política, antigua como su condición de señoritos y con la que se santiguarán hasta que se rompan la nariz (no crean que queda mucho),Madrid amanece cada día pensando en cómo fastidiarnos y tiene la culpa de todo: de que arda el monte, de no tener mar para que los inmigrantes nos invadan y de que al "pueblo", pobrecito él, sólo le quede dilapidar su economía en fiestas como el que bebe para olvidar. Señor de la Cañita, cuándo reaccionaremos.